sábado, 4 de marzo de 2017

¿Qué es la Virtud?



En griego significa Areté. Es una palabra cargada de sentido y de distintos sinónimos, porque el término original griego no tiene una traducción exacta al castellano. Es decir, es un término plulivalente, debido a que posee muchos significados.

En una primera aproximación que parte de la cultura griega, parece importante recordar el significado de Areté como maestría o excelencia, señorío de sí mismo, el cual se relaciona con un horizonte caballeresco y noble de alguien que en pleno dominio de sus facultades, tanto espirituales como psíquicas y físicas, es capaz de vivir coherentemente según un ideal. De esta manera, la persona logrará la unificación de sus capacidades para orientarse en la vida cotidiana hacia una determinada meta, y superar las adversidades.

Se puede decir que la Areté es la cooperación humana con la gracia que conduce a la reconciliación de las facultades del ser humano. ¿Qué quiere decir esto? Que la virtud -unida a la gracia de Dios y a la fuerza del Espíritu Santo- nos conduce a la unión, a la reconciliación personal.

Por otro lado, Pieper (2010), en su libro Las virtudes fundamentales, afirma algo muy interesante para ser traído a colación:

La virtud significa que el hombre es verdadero, tanto en el sentido natural como el sobrenatural. Afirma que la virtud es la elevación del ser en la persona humana, es lo máximo a que puede aspirar el hombre, o sea, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural (p.15).

Asimismo, para seguir profundizando en el concepto de virtud, es necesario comprender la definición del Catecismo de la Iglesia Católica, el cual afirma que:

La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas. El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios (No.1803).

La virtud es una cualidad, un hábito operativo bueno de la persona, pero también tiene un opuesto en el vicio. Revisando alguna de las definiciones de la RAE, se encuentra que vicio es “hábito de obrar mal” o “defecto o exceso que como propiedad o costumbre tienen algunas personas, o que es común a una colectividad”. Así, la virtud es además la respuesta de cooperación con la gracia de Dios que realiza el hombre para madurar en el camino de la fe. Así que el ser humano va madurando por este camino de la fe hasta la plenitud del amor, núcleo interior de la virtud, para conquistar una calidad humana, abriendo las facultades y potencias a los impulsos de la gracia, para permitir que el Señor Jesús viva en cada uno de nosotros.

Además, algunos rasgos que cualifican la virtud y que implican la cooperación con la gracia de Dios, son los siguientes:

®  Un dinamismo reconciliador que unifica todas las potencias y facultades del ser humano, otorgándole armonía e integración.

®  El señorío de sí, el cual habla de autodominio y autocontrol, para mantener una recta jerarquía y orden de las fuerzas interiores.

®   Una grandeza de espíritu referida a la magnanimidad y generosidad del hombre que rige su conducta por ideales y valores elevados.

®   El sentido del deber entendido como una conciencia de responsabilidad frente a las metas e ideales que lo lleva más allá de sus propios caprichos o gustos.

®  La libertad que lo hace disponible, pues el virtuoso no se ve atado por ideales rastreros y mezquinos; se descubre libre de lo contingente, de lo circunstancial.

®    La virtud implica también una lucha heroica en la que se prueba la capacidad de sacrificio, de entrega y de abnegación.

®  Nos conduce a la semejanza divina, pues lleva al ser humano a transcender el plano meramente natural y contingente para situarlo, al responder a la gracia, en un horizonte de plenitud sobrenatural.



Psi. Humberto Del Castillo Drago
Sodálite
Director General de Areté

martes, 7 de febrero de 2017

Identidad personal, afectiva y sexualidad

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La identidad personal está conformada por distintos elementos y aspectos que la persona va descubriendo, madurando y desplegando. Está conformada por tres aspectos: ser persona, ser cristiano y la vocación particular de cada quien. Así que la identidad es aquello que otorga continuidad a la persona en el tiempo, es lo que hace que siga siendo ella misma, a pesar de los cambios que pueden ir afectándola con el pasar del tiempo. La mismidad, por su parte, es el núcleo, el sello más íntimo, más profundo de la identidad, es la que lo define como persona única e irrepetible y que si bien es cierto, comparte con otros distintas características, su mismidad no es igual a la de nadie más. Ha sido creado como un ser distinto, insustituible e irrepetible.

Hay que entender como dice Polaino (2010) que la persona es, pero no está hecha. Los seres humanos tienen una naturaleza, pero al inicio de sus vidas no están hechos ni acabados, por lo que a lo largo de sus vidas tienen que hacerse,  pero siempre desde sus respectivos seres. Por lo que el devenir y vida de la persona tiene que ver con el cambio que ella experimenta a lo largo y ancho de su propio desarrollo. Lo que resiste a los diversos cambios biográficos es su identidad personal. Dicha identidad no se reduce sólo a lo hecho o no hecho por la persona. También configuran la identidad de la persona su pensamiento, su vocación, sus sentimientos, las relaciones personales que establece, sus amores, es decir, las relaciones con las personas a las que ama, etc.

No se puede dejar de mencionar la importancia de la familia en la configuración y desarrollo de la identidad de cada quien. Ella es el humus donde la identidad hunde sus raíces. Es en ese contexto donde emerge la identidad de la persona. La familia constituye el ámbito donde el hombre puede encontrarse consigo mismo y aprehenderse como la persona que es. Los factores familiares no son meros accidentes, dado que constituyen una nota distintiva de la singularidad personal.

Es conocida la relación y el vínculo afectivo singular que existe entre los padres y cada uno de sus hijos. En este vínculo o relación es donde se acuñan y generan los primeros sentimientos y emociones del niño. La familia es la primera escuela de afectividad y valoración personal para cada ser humano. “Dicho vínculo es natural, espontaneo e innato en el niño y, además, necesario, no renunciable, y algo conforme a la naturaleza de su condición, sin cuya presencia el niño no puede crecer” (p. 35).

No podemos hablar de afectividad si al mismo tiempo no se aborda el tema de la sexualidad. Afectividad y sexualidad están íntimamente relacionadas, unidas entre sí. Es importante tomar consciencia de un error frecuente de la actual sociedad; el cual es separar la afectividad de la sexualidad; y reducir la sexualidad a mera genitalidad o placer por placer.

Ante todo esto, es importante resolver la siguiente pregunta:

¿Qué es la identidad sexual?

Para responder a este gran interrogante, el mismo puede tener varios significados y hoy en día hay bastante confusión sobre la identidad sexual, incluso sobre lo que es identidad y sexualidad. Polaino (1998) dice que “la identidad sexual forma parte-y parte importante-de la identidad personal, dada la condición necesariamente sexuada de la naturaleza humana” (p. 20).

Así que la persona humana es una realidad sexuada, es sexualmente encarnado. Y esto no es solamente porque el cuerpo sea sexuado, lo cual se denomina “sexo biológico”.  Ya se ha dicho que la persona humana es unidad inseparable: bio-psico-espiritual, esto quiere decir que no existe acción material, por elemental que sea, que no implique a las dimensiones psicológicas y espirituales de la persona. La persona es sexuada no simplemente por su genitalidad, sino por su sexualidad que es una condición fundamental de la vida personal. Ella configura el ser, estar y obrar como personas humanas. El pensar, querer, sentir, el mismo creer, amar y esperar, se expresan según una forma de individualización sexuada.

Al respecto, Olivera (2007) afirma que:

La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, al deseo, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otros (p. 22).

El hecho de distinguir claramente entre persona humana masculina y persona humana femenina sugiere que la diferencia varón-mujer se encuentra en lo más íntimo del ser humano, en la persona, en su identidad y mismidad. Se es hombre o mujer como unidad bio-psico-espiritual. También es cierto que, como expresa Castilla de Cortázar (2004) “cada vez son más las voces que apuntan a que la condición sexuada está relacionada con lo más íntimo del ser humano, con su espíritu, con su persona” (p. 26).

Psi. Humberto Del Castillo Drago.
Sodálite.
Director General de Areté.


viernes, 11 de noviembre de 2016

La Familia Escuela de Afectividad


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Se conoce de la importancia de los padres y de la familia en cada persona, la influencia es muy grande. Cada persona es, lo que son sus padres. Las familias influyen en cada persona para bien o para mal. Los padres educan o mal educan en los aspectos más importantes de la vida y de la personalidad de cada quién. No es menos importante el rol de los padres en la formación y educación de la afectividad de cada uno de los integrantes de la familia.

Moya (2007) dice: “ Ellos son los que han dejado en nosotros una impronta mayor, aunque han de pasar años para advertir hasta qué punto esto es así, y nunca llegamos a darnos cuenta del todo,  porque es difícil conocerse bien a sí mismo; quizás lo advierten mejor otras personas que conocen a ellos y a nosotros”. (p 83 -84).

Polaino y Del Pozo (2007) afirman que a lo largo del proceso de socialización de cualquier niño, él mismo adquiere ciertas pautas de comportamiento, creencias y actitudes de su familia y del grupo social y cultural al que pertenece. Es un proceso que configura y define distintos rasgos de su personalidad, como consecuencia de la interacción entre diversos agentes socializantes tales como familia, compañeros, medio escolar, medios de comunicación, etc. De todas ellas la familia es, sin duda alguna, la más relevante.

Se puede hablar en este punto de 3 tipos de familia según las pautas o estilos de crianza: las familias autoritarias, las familias permisivas y las familias participativas o democráticas.

A continuación las características principales de los estilos de crianza:

Autoritaria
Permisiva
Participativa
-No expresan afecto a los hijos.

-A la vez les exigen obediencia absoluta.

-Comunicación aceptable.

-Se relación a través del elevado control, un escaso vinculo y una obediencia no abierta al diálogo.

-Bastante disciplina buscando responsabilidad.
-No ejercen ningún control a los hijos.

-Nivel de exigencia es muy bajo a los hijos.

-Suelen ser muy afectuosos.

-Le permiten casi todo a sus hijos.

-Elevado control y exigencia.

-Afecto y comunicación.


-Los hijos suelen sentirse seguros y son autónomos.

-Exigentes pero sobre exigiéndose ellos  mismos



Polaino (2010), afirma que “el vínculo afectivo singular que se establece entre los padres y cada uno de sus hijos es el lugar donde se acunan los primeros sentimientos del niño, de los que tanto dependerá en el futuro su personal estilo afectivo. Ese vínculo es natural, espontáneo e innato en el niño y además, necesario, no renunciable, y algo conforme a la naturaleza de su condición, sin cuya presencia el niño no puede crecer” (p.35).



Psi.Humberto Del Castillo Drago
Sodálite
Director General de Areté

lunes, 24 de octubre de 2016

Dimensiones y facultades de la persona humana

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La persona humana es, por su propia naturaleza, una unidad bio (cuerpo), psiche (alma), espiritual (espíritu). El ser humano constituye una Unidad inseparable. Es por eso que la mirada objetiva y adecuada de la persona es la mirada integral, considerándola como unidad; reflexionando sobre la integración de sus tres dimensiones fundamentales y considerando que la palabra unidad hace entender que el ser humano no es un compuesto, una suma de partes o elementos. No son tres naturalezas ni tres personas, sino una. Esta visión trial es presentada ya en el Nuevo Testamento por San Pablo: «Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma, y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes. 5, 23). Entonces, al entender la unidad integral de cuerpo, alma y espíritu, que se afectan entre sí, la persona comprende que tiene tres dimensiones: la dimensión corporal, la dimensión psicológica y la dimensión espiritual.

Comprendiendo esto y al explorar cada una de las dimensiones, se puede notar que, gracias a la corporalidad (dimensión corporal), la persona puede manifestarse, representarse y expresarse. Es el cuerpo la instancia que media la relación entre el yo y el mundo (Polaino, 1975). De modo que, sin el cuerpo sería imposible estar en el mundo y establecer relaciones con él. En lo que se refiere a la dimensión psicológica, se encuentra la vivencia interior de la persona; ideas, criterios, emociones, sentimientos, pasiones, motivaciones, deseos, sensibilidad y percepción, entre otros. Es en esta dimensión donde se estructura la aproximación a la realidad, debido a que le permite a la persona entrar en contacto con el mundo que le rodea.

Por último, la dimensión espiritual es la que le permite al hombre transcender su naturaleza y es por ella capaz de abrirse a Dios. El espíritu (pneuma) es el núcleo, la dimensión más profunda del ser del hombre que San Pablo describe con propiedad como “el interior” o el “hombre interior” (II Cor. 4,16). Es el punto de contacto con Dios y con los valores trascendentales. La persona posee una realidad espiritual que permanece en su interior a pesar de los cambios físicos o psicológicos que pueda experimentar, y es lo que subsiste después de la muerte. Es importante no confundir la dimensión espiritual con lo religioso, pues no son equivalentes, sin embargo, lo religioso se constituye un ámbito de despliegue de ese mismo espíritu.

Al abordar la inteligencia, afectividad y voluntad es importante entender que toda acción humana trae detrás una emoción o sentimiento y esto, a su vez, depende de un criterio, creencia, idea o pensamiento. Salvo las reacciones reflejas, como el dolor físico, todo acto humano contiene los elementos mencionados.

¿Qué significa esto?
Que un hecho, situación o acontecimiento en la vida de una persona genera un diálogo interior, una emoción o sentimiento y un comportamiento o conducta. Estamos frente a lo que la espiritualidad cristiana ha llamado mente, corazón y acción. Leyendo a Burgos (2009) se encuentra que el conocimiento, la afectividad y el dinamismo son elementos, dimensiones o facultades de la persona humana que son unificadas, armonizadas e integradas por el yo o mismidad con lo que el mencionado autor menciona como tres niveles de perfección: cuerpo, psique y espíritu. “El cuerpo se identifica con cada uno de ellos. La psique comprende la sensibilidad, las tendencias y parte de la afectividad. Y el espíritu comprende parte de la afectividad, el conocimiento intelectual, la libertad y el yo”. (p. 64).

Domínguez (2011), afirma: “Las capacidades de la persona no son autónomas, no son meras facultades operativas, sino capacidades-de-esta-persona. Estas capacidades son o naturales (fortaleza física, temperamento) o adquiridas (conocimientos, virtudes, carácter) En todo caso, como estas capacidades le han sido donadas desde el nacimiento o bien se le ha dado la posibilidad para adquirir las que son sobrevenidas, podemos llamar a estas capacidades de la persona sus dones, su dote”.

Esta dote, este conjunto de capacidades, está estructurada formando un sistema, una estructura, de modo que cada capacidad y característica afecta a todas las demás. Cada elemento en la persona está vinculado a todo el sistema y le afecta. La psique lo es de este cuerpo y el cuerpo lo es de nuestra psique.

Así, la persona no tiene cuerpo, sino que es corporal. Y las características del cuerpo afectan a la totalidad. Todo el pensamiento es sexuado, y también la afectividad. Asimismo, la inteligencia es afectuosa y mediada corporalmente. Es decir, cada nota característica de la persona es nota de todas las demás, afectando a todas las demás y definiéndonos físicamente en función de todas las demás. Del mismo modo, diremos que la inteligencia es afectuosa o que la voluntad es inteligente. (p. 54-55)

Olivera (2007) nos introduce al tema de la madurez humana que es proceso, desarrollo y crecimiento. Este proceso nunca es rectilíneo. La vida humana avanza como un barco, algunas veces con viento a favor y otras contra viento y marea. Y no faltan olas para remontar y escollos para sortear. El hombre está invitado a lograr la madurez en sus tres dimensiones y en sus tres facultades. Estamos hablando de una madurez integral como persona humana, como ser para el encuentro. La maduración de la persona conoce diferentes niveles y dimensiones y puede ser considerada en forma global o parcial. En el primer caso hablaremos de una persona madura, en el segundo caso hablaremos de madurez intelectual, madurez espiritual, madurez psicológica, madurez afectiva y madurez social entre otros.

“El proceso de maduración es algo relativo; muchas veces sucede que un nivel puede haber madurado más que otro, alguien puede ser intelectualmente maduro y ser al mismo tiempo afectivamente inmaduro. También puede suceder que la madurez personal no sea correlativa con la edad cronológica; todos conocemos algún adulto totalmente infantil. La madurez no es algo absoluto, depende de muchas variables, tales como la edad, los estudios, el tipo de vida, el nivel social y económico, la pertenencia social y cultural.” (p. 35).

En este contexto es importante hablar del lugar central y de enlace que ocupa la madurez afectiva, es fundamental. La madurez afectiva permite simultáneamente la madurez psicológica y social. Una persona afectivamente inmadura es probablemente una persona con dificultades en sus relaciones sociales, asertividad, etc. La madurez afectiva implica armonía y estabilidad emocional, implica señorío de si, maestría personal, auto posesión y equilibrio interior.

“Una persona madura se distingue por un cierto equilibrio y estabilidad afectiva. Esto implica que la racionalidad, con sus fuerzas intelectivas y volitivas, y la afectividad, con su tensión estimulante, están bien integradas y cooperan armónicamente al servicio de la realización personal”. (p. 36-37)

Psi.Humberto Del Castillo Drago
Sodálite
Director General de Areté


miércoles, 5 de octubre de 2016

Las necesidades psicológicas

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Los dinamismos complementarios de permanencia y despliegue, se expresan psicológicamente en las necesidades de seguridad y significación, que son constitutivas de la persona y complementarias entre sí.

La necesidad de seguridad afirmó en mi libro Reconciliación de la historia personal: “explica que el hombre requiere una base, un piso, una raíz, un sustento”. (p. 19)

La necesidad psicológica de significación es la expresión de la aceptación de sí, la valoración personal y el amor. Es la necesidad de otorgarle sentido a lo que se hace cotidianamente para descubrir su proyección trascendente, y a su vez, está vinculada profundamente al despliegue, porque en ella se vive la aceptación de sí mismo, que vuelca a desarrollar sus potencialidades en el amor cristiano hacia los demás. Sin embargo, cuando esta necesidad no se satisface, se suele producir en la persona una experiencia de sinsentido y, poco a poco, se percibirá como alguien que no merece ser amado, pensando erradamente que nadie ama a alguien que no vale. Siendo esa razón, justamente la sensación que la persona proyecta cuando no satisface esta necesidad.

De esta manera, el hombre contemporáneo normalmente trata de satisfacer ambas necesidades con cosas inferiores a su dignidad de persona, es casi como ponerse unos zapatos dos tallas más pequeñas. Porque, quien pretende encontrar seguridad y significación en el placer o el mero bienestar de hacer siempre su gusto, en el tener cosas y fama, o en el dominio que pueda ejercer sobre los demás, lógicamente y, aunque esté convencido que será feliz así, terminará negando su propia dignidad y, por ende, la de los demás. Sólo verá en ellos unos objetos capaces de darle placer, admiradores sin rostro, ocasiones de ser alabado, o seres inferiores a él.

Por este motivo, quien vive así no se conoce a sí mismo, no se acepta, no se ama, vive sometido a la tiranía de sus pasiones desordenadas y se ha hecho literalmente esclavo de ellas, debido a que ha dejado de verse a sí mismo como persona, mutilando su corazón y su mente.


Psi.Humberto Del Castillo Drago
Sodálite
Director General de Areté


miércoles, 28 de septiembre de 2016

La Persona, ser para el encuentro


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La persona es un ser único e irrepetible; por tanto un don para el mundo, porque fue creado a Imagen y Semejanza de Dios, quien es el Ser por excelencia, es el Ser supremo. Es un Ser de amor, de entrega, donación, y amistad; que comparte su “ser de amor” con el Ser humano. Éste es invitado a vivir el amor y la comunión como la Santísima Trinidad, al ser creada persona humana, participa de la naturaleza divina.

Así mismo, la persona permanece y se despliega porque ama, sirve y se dona. Es lo más perfecto que existe en la naturaleza y, como tal, debe tratarse a sí misma y a los demás. Por lo que, cada persona posee una identidad propia y particular, en donde no hay dos hombres iguales en cuanto a su mismidad, es decir, a su ser más profundo.

Un tema fundamental dentro del destino y sentido de la existencia humana, es que el hombre se realiza como ser humano en la medida en que ama y es capaz de donarse y entregarse. Así que, la persona existe para amar y comunicarse, es feliz en la medida en que plenifique su existencia amando a Dios y a sus semejantes, porque ha sido creado para vivir el amor y, con una vocación particular, está invitado a vivir la libertad siendo capaz de optar, de elegir entre lo bueno y lo mejor, entre lo bueno y lo perfecto. De acuerdo a esto, Polaino (2007), comparte que:

“La persona necesita del diálogo interpersonal. La persona no se basta a sí misma, sino que su interioridad está abocada a compartirla con los demás”. (pág. 46)

Así que en la mismidad del ser humano existen dos dinamismos complementarios, la permanencia y el despliegue. El primero hace referencia a la “propiedad” por la cual la identidad del ser humano “sigue existiendo” a pesar de los cambios, porque cada ser humano tiende a permanecer, y en su mismidad sigue siendo el mismo, aunque con el tiempo engorde, pierda perlo, envejezca, le salgan arrugas, etc. Mientras la persona sea auténtica, libre y funde su vida en Dios, podrá permanecer. El segundo término hace referencia a la capacidad de amar, entrega, donación y servicio que todo ser humano posee en lo más íntimo de su persona y que está invitado a vivirlo cotidianamente. Asimismo, la experiencia de permanencia y despliegue se expresa en términos psicológicos en las necesidades de seguridad y significación.

También hay que tener en cuenta la existencia del pecado, que conduce al hombre a decodificar erradamente los dinamismos fundamentales; esa herida fundamental es la causante de que el ser humano lleve consigo lo que la tradición católica llama “la concupiscencia”, entendida como la tendencia a pecar, a olvidarse del Creador y su Designio. Existen tres manifestaciones de ella: el poder, el tener y el poseer-placer. A causa del pecado original se oscurece la imagen y se pierde la semejanza. Cuando desaparece la semejanza, se pierde la capacidad de amar correctamente; valorar con objetividad; desplegarse en el amor; relacionarse desde la mismidad en la entrega sincera de amor y valoración. Esto conlleva a la inseguridad existencial, al miedo a no saber en qué afirmar la existencia. El ser humano actual experimenta todo eso: ha perdido contacto con su mismidad, perdiendo su semejanza y la capacidad de reconocer en su interior la imagen de Dios. Lo anterior genera que el hombre busque permanecer en otras realidades que no corresponden a lo auténtico de su ser y desde allí se da un despliegue errado y enfermo.


Psi.Humberto Del Castillo Drago
Sodálite
Director General de Areté


martes, 30 de agosto de 2016

Historia personal y Heridas Afectivas

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En la vida e historia personal hay distintos hechos y acontecimientos que influyen en el desarrollo y vivencia de la afectividad que no necesariamente se buscan, tal vez por la corta edad, la ingenuidad, impulsividad e inconsciencia. Simplemente se dieron. En dichos acontecimientos juegan un papel fundamental los padres. Sarráis (2013) explica cómo la adecuada conjunción de cariño y normas estables crea el ambiente educativo más favorable para la educación de la madurez.

Como se entiende la familia es la primera escuela de amor y afectividad. Se reconoce el rol fundamental de los padres en la educación de la afectividad de los hijos. Son los padres los primeros invitados a educar integralmente a sus hijos, y claro está que la educación de los sentimientos ocupa un lugar fundamental. Sin embargo, los padres no necesariamente están formados para educar la afectividad de sus hijos. Es más, hoy existe bastante ausencia emocional por parte de los padres, que están dedicados a trabajar y trabajar en busca de los recursos económicos necesarios para el sostenimiento del hogar; se constatan problemas de comunicación entre los padres o de los padres con los hijos; infidelidad conyugal; abuso emocional de padres a hijos; sobreprotección, más que todo materna, etc.

Hay otros dos puntos importantes para la educación de la afectividad de cualquier persona: la relación con sus hermanos o familiares más cercanos, después de los padres, los hermanos y primos cercanos son los primeros amigos; y el espacio de afectividad y amistad en la escuela o colegio, donde la relación con profesores y compañeros se convierte en otro espacio privilegiado para educar la afectividad.

Al revisar la propia historia personal, el ser humano descubre distintos hechos y acontecimientos que influyen en la vida actual y, claro está, marcaron la afectividad. Si quiere ser feliz, está invitado a madurar integralmente como unidad Bio-Psico-Espiritual. Dicha madurez implica un conocimiento personal, una aceptación y reconciliación de la historia personal para vivir el instante presente con libertad interior. No puede cambiar el pasado, pero sí puede aceptarlo y ponerlo en manos de Dios. Tampoco puede dominar el futuro: aunque puede planear y prever, sabe que no necesariamente las cosas van a salir como las planifica. Lo único que le pertenece es el momento actual: sólo en el instante presente establece un auténtico contacto con la realidad.

Por todo ello es que resulta fundamental vivir una actitud de aceptación y de reconciliación frente al pasado; de esta manera, vive con libertad el instante presente. Rojas (2011) afirma que el hombre maduro es aquel que ha sabido reconciliarse con su pasado. Ha podido superar, digerir e incluso cerrar las heridas del pasado. Y, a la vez, ensaya una mirada hacia el futuro prometedor e incierto. (Pág. 203)

Psi. Humberto Del Castillo Drago
Sodálite
Director General de Areté